Se acerca la navidad, época de cenas con familia y amigos, fiestas, bombones y regalos. Para nosotros, el regalo perfecto es una pluma estilográfica: elegante, útil y para toda la vida. Y si es Waterman, mejor.

Un día, un vendedor de seguros de Nueva York, tenía la firma de un gran contrato. En el momento cumbre, cuando llego la hora de la firma, sacó su pluma, la mejor del momento, y está, por alguna extraña razón, destrozó el documento, llenándolo de tinta todo, dejando inservible aquel papel de vital importancia para el vendedor, L. E. Waterman.

Sí, de vital importancia. ¿Por qué? Era  el que marcaba su carrera, dentro o fuera de su empresa. Eso simbolizaba. Mientras él no consiguió nada, su compañero hizo el contrato. Y fue despedido de su empresa, quizás por culpa de aquella maldita pluma.

Todos nos hubiésemos hundidos. Pero Waterman no, él buscó una solución. Y no fue ir a entregar currículums. Cogió esa maldita/bendita pluma e intentó arreglarla. El problema había sido el flujo de tinta y decidió crear algo que lo solucionara, un tanque, un alimentador, que encauzara mucho mejor la tinta que entraba al plumín.

Y lo consiguió, solo una navaja e ingenio. Pero no tuvo el reconocimiento al instante, tres años tardó en tener la patente, en febrero de 1884. Gracias a su continuas ganas— y las de su sobrino, heredero de la empresa— de mejorar el producto, consiguió hacer de la pluma un objeto cotidiano, de fácil uso.

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