Como consecuencia de los últimos fenómenos marítimos, han salido a la luz en la playa de la Cortadura de Cádiz las ruinas de una calzada del siglo XVI, dos muros de dos metros de alto y casi uno de ancho. El mar nos devuelve aquello que se llevó. 

El mar –“la mar”, le dicen quienes viven y padecen de ella– reclama siempre lo que es suyo. Inmenso azul, misterioso hechicero, es tan voltario que no consiente al simple mortal apartar de su cuerpo líquido los ojos fascinados. Al punto su color da lustre con fama universal al planeta entero, que de ser contemplado a una distancia de años luz, dicen, se presentaría como una brillante estrella zarca. El soberbio mar, bien se ve, todo lo quiere, pues vence siempre en su voluntad de someter al mundo bajo su imperio.

Marchaba el paseante enredado en estas ociosas reflexiones bajo el signo de un silencio pacífico, en las postrimerías de la última de las borrascas que asolaron el litoral: Ana, Bruno, Carmen, David, Emma, Félix, Gisele, Hugo e Irene, habían sido hasta aquel día debidamente bautizadas con nombres de dentro y fuera del santoral. Cada una de estas tempestades habían hecho lo suyo, jaleando a la mar para que se cobrara el riguroso diezmo. No hubo piedad: así lo manifestaba la desbaratada playa esa misma mañana de tímida primavera.

AEDO

En otros siglos, el ciego aedo ya cantaba con temor y temblor la soberana magnificencia de los mares. Eran tiempos más sagrados que los nuestros, y en ellos, los númenes marinos fueron vistos, no por casualidad, como los más caprichosos del panteón olímpico. Así, dice Homero, lamenta la de los ojos de lechuza el infortunio de su protegido Ulises, prisionero de las olas: “pero se me parte el corazón a causa del prudente y desgraciado Odiseo, quien mucho tiempo ha padece penas lejos de los suyos, en una isla azotada por las olas; isla en el centro del mar”.

Héroes de la Ilíada: Menelao, Paris, Diomedes, Ulises, Néstor, Aquiles, Agamenón
Héroes de la Ilíada: Menelao, Paris, Diomedes, Ulises, Néstor, Aquiles, Agamenón

Las razones no se hacen esperar, debidamente expuestas por el Crónida, padre del concilio de los dioses: “hija mía: ¡qué palabras te escaparon del cerco de los dientes! ¿Cómo quieres que ponga en el olvido al divinal Odiseo, que por su inteligencia se señala entre los demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios a los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Poseidón, que ciñe la tierra, le guarda vivo y constante rencor porque cegó al cíclope, al deiforme Polifemo; que es el más fuerte de todos los cíclopes y nació de la ninfa Toosa, hija de Forcis, que impera en el mar estéril, después que ésta se unió con Poseidón en honda cueva. Desde entonces Poseidón, que sacude la tierra, si bien no intenta matar a Odiseo, hace que vaya errante lejos de su patria. Mas, ea, tratemos todos nosotros de la vuelta del mismo y del modo como haya de llegar a su patria, y Poseidón depondrá la cólera, que no le fuera posible contender, solo y contra la voluntad de los dioses, con los inmortales todos”.

POLIFEMO
Odiseo en la cueva de Polifemo, Jacob Jordaens, primera mitad del siglo XVII.

Por su parte, Sófocles en su Áyax, relata cómo el rey de Ítaca prevaleció sobre el esforzado Telamonio, cuando a la muerte del gran Aquiles, su inteligencia pesó más que el valor del otro guerrero a la hora de reclamar en herencia las insignias del héroe muerto a las puertas de Troya. Motivo más que suficiente, entiendo, para despertar el recelo de los dioses, antes incluso de la hazaña del Cíclope: ¿cómo la inteligencia puede desplazar al coraje del guerrero? Quizás es por ello que Dante castigue a Ulises en el canto vigésimo sexto del Inferno, más por su soberbia que por la afrenta al hijo de un dios:

“[…] Allí adentro se castiga

a Ulises y Diómedes, y así juntos

a la venganza van como a la ira;

y dentro de su llama se llora

el engaño del caballo que fue puerta

de la cual salió de los Romanos la noble estirpe.

[…] Cinco veces encendida y tantas apagadas

pasó la luz por debajo de la Luna,

luego que entrados fuimos en aquel gran paso,

cuando apareció una montaña, bruna

en la distancia, y parecióme tan alta

como no había visto nunca una.

Nos alegramos, aunque enseguida volvióse llanto,

porque de la nueva tierra un torbellino nació

que golpeó al leño en su primer lado.

Tres vueltas nos hizo girar con toda el agua;

y en la cuarta se alzó la popa en alto,

como a Otro plugo, y la proa se fue abajo,

y al fin el mar sobre nosotros fue a cerrarse.”

Aquí, nuevamente, Ulises está condenado a penar años y años, errático, por el Mediterráneo. Presa del hechizo, cuando más cerca cree estar de la tierra, peores prodigios lo vuelven a alejar de su meta. En La Divina Commedia el mar resulta ser prisión y verdugo de Odiseo, juzgado culpable no sólo por su inteligencia, sino por ser responsable de aconsejar el mal gobierno, el engaño y la traición; por ello es reo en el octavo círculo del Infierno, donde penan los “ladrones […] causa de mi vergüenza”.

ulises y las sirenas
Ulyses y las sirenas, 1909 (óleo sobre tela) de Draper, Herbert James (1864-1920); 176.9×213.4 cm; Ferens Art Gallery, Hull Museums, UK

Las nueve borrascas

Bien pudieran las nueve borrascas de la edad contemporánea, antes citadas con cristianos nombres, haberse llevado consigo al inframundo a los malos gobiernos con sus necios gobernantes. Pero como es el nuestro un siglo desacralizado, por suerte más que por desgracia, los númenes se han vuelto silenciosos, ya no intervienen, y hasta dejan a los mortales a su libre albedrío.

La obstinada tiranía de Neptuno, sin embargo, insiste, pues no sólo se ha llevado lo que le pertenece, sino que tampoco hace falta que los pasos del caminante lleguen hasta el inframundo, como los del Dante, pues el Océano Atlántico, por mandato de alguna ausente divinidad, ha procurado sacar del subsuelo los restos devastados de otras épocas, y por la playa de la Cortadura, la vista sigue hasta el horizonte dos filas serpenteantes de toscas piedras.

cadiz cortadura
Imagen de País Gaditano

Afirman voces acreditadas que el discreto monumento, doble hilera paralela de “muros paramentales de unos ochenta centímetros de grosor y dos metros de alto”, es la ruina de una calzada de entre los siglo XVI y XVIII, en uso, al menos, hasta 1775, año del célebre maremoto de Lisboa; otro arrebato del mar que inundó el istmo que unía a la isla de Cádiz con el resto de la Península.

Metáfora del tiempo, la crueldad de Poseidón no hace excepciones. Esta vez no sólo reclamó su tributo para sí, sino que descubrió el inframundo: portentoso aviso para caminantes. Nada escapa a su dominio ni a su cólera: también tú, lector, teme que tal vez, algún día, quedes preso bajo el yugo del omnímodo poder del océano, como Ulises, como yo, irremediablemente, trágicamente, encandilado.