En muchas de las ciencias de la vida, tan importante es hacer ruido como guardar silencio, tanto comunica un acto como el otro. En la música es otro cantar, y en óperas como las de Puccini, tiene sabor, textura, color y hasta puede verse gracias al coro “a bocca chiusa”.

Madama_Butterfly puccini

Guardar silencio suele ser, a menudo, la mejor decisión. Puede parecer que comenzar un artículo con semejante aseveración es, cuanto menos, pernicioso, en los tiempos deplorables en que vivimos; cuando el silencio se ha devaluado tanto porque procede de una orden, de una cobardía insidiosa o incluso de un acto de ilegítima  violencia—a mi modo de ver, la violencia es siempre una usurpación ilegítima—. Mas no es este un artículo sobre sociedad o política, sino sobre música. Ahí el matiz.

Silencio vs. Sonido

Bien saben los músicos que el silencio es un significante de tan pleno derecho como el sonido. No por casualidad, a cada figura que representa la duración de una nota cualquiera le corresponde su silencio equivalente, sin excepción: redonda, blanca, corchea, semicorchea, fusa, semifusa… El silencio es siempre, en música, el origen y el destino de cualquier acto de entonación, el punto de referencia y el sistema de condiciones de posibilidad. En el silencio se da y se recibe la plenitud: es el máximo de presencia que instala el punto de escucha imprescindible para comprender la música como discurso.

Eurícide y Orfeo 1861 camile corot
Orfeo lleva a Eurícide al Inframundo. Camille Corot. 1861

El arte inspirado por Euterpe sólo existe en el presente, por eso englobamos la música en el grupo de las misteriosas “artes del espectáculo vivo”, aquellas que necesitan de un cuerpo y de una materia para existir, reencarnándose en cada nueva ejecución. De lo contrario, como la ninfa Eurídice ante el divino Orfeo, el cuerpo se desvanece. Es por ello que el silencio musical no puede designar una ausencia irreparable, sino que señala el lugar de una presencia habitada. Mejor dicho, de un exceso de presencia, hasta un límite, quizás perturbador. Si en medio del silencio de la noche, el insomne, amedrentado, es capaz de descubrir hasta los más sutiles sonidos aleatorios que el bullicio diurno oculta, entonces ha de admitirse que dicho silencio nos instala en-el-mundo y con-el-mundo, nos incita a estar más presentes; también mejora nuestra capacidad de percepción auditiva, tal vez atrofiada por la tiranía de la percepción ocular visible bajo la plena luz del día.

Coro “a bocca chiusa” de Puccini

Giacomo Puccini, en su revolucionaria ópera Madama Butterfly, rompe la acción narrativa de las desventuras sentimentales de Cio-Cio San con un “coro a bocca chiusa” hacia la mitad del segundo acto de la versión de 1904. Ya nada se dice, ya nadie se lamenta… quizás, ante la experiencia más radical a la cual se enfrenta el ser humano, que es la experiencia del tiempo, pues es el cruel e indómito tiempo de la espera el que la heroína de esta ópera conoce, sólo cabe guardar silencio. Este peculiar coro aparece, aún con ciertas variaciones, en todas las reescrituras de la obra del compositor toscano entre 1904 y 1907. Hasta cinco fueron, entre las cuales distan la división del segundo acto con la aparición de un tercero, 130 compases, el intermezzo y la nana de Butterfly.

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Póster de Leopoldo Metlicovitz, 1904.

“A bocca chiusa”, el coro se hace presente en el escenario aunque cante entre bastidores. “A bocca chiusa”, el tiempo adquiere materia sonora, un cuerpo pesado y lento movido por la morbidez de los legato en periodos ascendentes y descendentes. Pero al mismo tiempo, y de forma paradójica, un cuerpo delicado y sensual –¿cómo el de una mariposa?–, al igual que en toda la música de Puccini.

Guardar silencio, desterrar la palabra para hacerse presente, incluso en un exceso de presencia, es de una desmesura trágica. Porque nacemos en el silencio y a él regresaremos algún día. Sólo el silencio permanece, el silencio siempre nos acompañará, el silencio siempre vence en la hora decisiva.

“Tacet”.