Estamos ante una de las obras maestras del sevillano Virgilio Mattoni. Alumno de Joaquín Domínguez Bécquer, el que fuera pintor honorario de cámara y maestro de dibujo de los sobrinos de la reina, los hijos de Luisa Fernanda de Borbón y del duque de Montpensier. En la residencia de los cuales, el propio Mattoni, tendría su estudio durante una temporada.

Realizó este lienzo historicista con la intención de llevarse la medalla de la Exposición Nacional de 1887, aunque no la ganó si consiguió la segunda medalla y dar su nombre a conocer.

Fernando III el Santo
(Museo del Prado)

Mattoni llevo al lienzo un episodio, relacionado con su Sevilla natal, extraído de la “Estoria de España“, un libro escrito por Alfonso X el Sabio (hijo del propio rey Fernando III), en el que se detalla la muerte de su padre. Según se dice una de las muertes más conmovedoras de nuestra Historia.

Estando el rey postrado en su lecho sobre un montón de ceniza, con una soga al cuello y pidiendo perdón a todos los presentes. Saltó de la cama al ver la Sagrada forma, y tras arrodillarse ante ella decidió dar sus últimos sabios consejos a su hijo Alfonso. Menéndez Pelayo escribía sobre este episodio: «El tránsito de San Fernando oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida». Y añade: «Tal fue la vida exterior del más grande de los reyes de Castilla: de la vida interior ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias?»

Fernando III el Santo
Tabla que muestra a Axataf entregando las llaves de Sevilla a Fernando III frente a una de las puertas de la ciudad, en una obra de alrededor de 1750. El autor se tomó la licencia de hacer figurar la Catedral tal y como los cristianos la construyeron. El cuadro muestra también a la Virgen de los Reyes en los cielos en el momento de la entrega.

Este episodio, último suspiro de Fernando III, ocurría un 30 de mayo de 1252, bajo el marco de los Reales Alcázares de la capital hispalense. Es el momento exacto del lienzo cuando Fernando III salta de su lecho, en el que se encontraba esperando la muerte, al ver la Sagrada Forma que el arzobispo don Remondo alza al cielo. Estaba vestido solo con un camisón blanco y con la cabeza llena de ceniza. Cae de rodillas con los brazos en cruz. Se puede ver la soga al cuello y como los monjes tratan de sujetarlo.

Los detalles de la obra son muy interesantes. A los pies, sobre un cojín, podemos ver la corona, el cetro y la famosa espada del rey, copiados de los modelos reales que existen en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla.

Fernando III el Santo
detalle de la obra

La espada del rey Fernando III el Santo

La espada tenía un nombre, como buena espada legendaria y guerrera. Su nombre era (y es porque existe) “Lobera“. Esta espada se saca cada 23 de noviembre en procesión (en el interior de la Catedral) para conmemorar la conquista de Sevilla y siguiendo las disposiciones que el rey sabio Alfonso X redactó en 1255.

Lobera es una espada de hoja plana y dos filos, que mide 0,854 m de largo y 0,053 m por la parte más ancha, disminuyendo, casi insensiblemente, hasta terminar en punta redonda.

El célebre Don Juan Manuel, príncipe de Villena y nieto de Fernando III de Castilla, escribió que la espada pertenecía originariamente al conde Fernán González y que antes de morir, es decir, en algún momento después de lo que representa nuestro cuadro de hoy, se dirigió a su hijo menor (su padre) y le dijo:

non vos puedo dar heredad ninguna, mas dovos la mi espada Lobera, que es cosa de muy grand virtud et con que me fizo Dios a mi mucho bien

El 29 de agosto de 1326, siendo el propio Don Juan Manuel Adelantado Mayor de la Frontera de Andalucía, y al que pertenecía por herencia directa la Lobera, derrotó a las tropas del reino de Granada en la batalla de Guadalhorce, donde murieron, según la Crónica de Alfonso XI,  unos 3.000 musulmanes y unos 80 castellanos. Se dice que en cierto momento de la batalla, cuando los castellanos se encontraban desesperados porque su retaguardia estaba siendo arrollada, alzó su espada y pronunció una oración, tras eso el príncipe de Villena se lanzó al combate. No en vano el noble al mando de aquella retaguardia era su hermanastro, Sancho Manuel de Castilla, por el que tenía gran aprecio.

El propio Don Juan Manuel reconoció en su Libro de los estados que sus adversarios musulmanes habían sido buenos guerreros, y en un pasaje de la Gran Crónica de Alfonso XI su autor afirmó que “los moros eran muy maestros en las peleas“, no fue un combate fácil.

El cómic sobre las Navas de Tolosa representa maravillosamente como pudo haber sido una carga medieval en aquellos campos de batalla.

Otros elementos del cuadro

Volviendo a la obra, podemos ver entre los presentes: la reina Juana, que cae sobre su almohadón, los infantes Alfonso (futuro Alfonso X), Juan y Felipe y la infanta Leonor cubierta con un velo. Seguramente al fondo estarían el resto de sus hijos, como Manuel (el pequeño al que legó su espada) o Sancho, futuro arzobispo de Toledo.

Fernando III el Santo

Al fondo, tras un bello arco de inspiración nazarí, en la capilla tenuemente se adivina un altar con la famosa Virgen de las Batallas, que hoy se encuentra en la Catedral de Sevilla. Su leyenda dice que el rey Fernando la llevaba en el arzón de su caballo buscando la protección divina en combate, sería su hijo Alfonso el que la legaría a la Catedral.

Imágenes de la advocación mariana “Virgen de las Batallas” solamente existen 6 en todo el mundo, de las cuales 1 está en Nueva York y las otras 5 en España. Una de ellas, sita en el Museo del Prado está asociada, por medio la tradición popular, al conde Fernán González, que la llevaba, como en el caso de la de San Fernando, en el arnés de su caballo durante las batallas para asegurarse protección. Como vemos, Fernán González, está muy ligado al rey castellano al menos en cuanto a tradición popular, buscando sus lazos con aquel antiguo gran Señor de Castilla.

El sepulcro del rey Fernando III

El cadáver del rey Fernando III el Santo recibió sepultura en la Catedral de Sevilla, tres días después de su defunción. El rey había dispuesto en su testamento que su cadáver recibiese sepultura al pie de la imagen de la Virgen de los Reyes, que se supone le fue regalada al monarca por su primo, el rey San Luis de Francia, y había ordenado además que su sepultura fuera sencilla, sin estatua yacente.

Se cree que fue por orden de su hijo Alfonso, por el que se grabaron en latín, castellano, árabe y hebreo su epitafio:

«Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é passos hi en el postrimero día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años.»

Alfonso X, ya como rey, le importó poco el testamento de su padre (en cuanto a su sepultura al menos) y ordenó realizar dos preciosos mausoleos para sus padres. Ambos decorados con piedras preciosas, revestidos de plata y con efigies sedentes que les representaban, recubiertas también de metales y piedras preciosas. También la estatua de Fernando III colocada en la Catedral estaba repleta de piedras preciosas, pero todos estos tesoros fueron robados en el siglo XIV por Pedro I de Castilla (“el cruel” para algunos).

FErnando III el santo
Urna de plata ubicada en la Catedral de Sevilla

Tras la canonización de Fernando III en 1671 se procedió a la elaboración de una nueva urna para contener los restos del rey santo. Se trata de la urna de plata que hoy se puede ver (realizada a finales del siglo XVII) y que contiene los restos de Fernando III el Santo. Ésta se encuentra colocada ante las gradas del altar donde se sitúa la imagen de la Virgen de los Reyes, justo donde quería estar.

En el basamento de mampostería que sirve de soporte a la urna se encuentran colocados los famosos cuatro epitafios (en árabe, latín, hebreo y castellano). Y no podemos dejar sin decir que esta urna se abre al publico para mostrar el cuerpo de San Fernando, el día 30 de mayo, que se encuentra dentro de un ataúd de cristal y ataviado con su corona y cetro, idénticos al del cuadro de Mattoni.

En cuanto al cuadro, causó el deseado impacto en la crítica tras su exposición, provocando grandes elogios. Hoy lo podemos contemplar en el Museo del Prado.

Datos

  • Título: Las postrimerías de Fernando III el Santo
  • Autor: Virgilio Mattoni
  • Fecha: h 1887
  • Localización: Museo Nacional del Prado