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la otra cara de la sonrisa

Superviviente nato, acostumbrado a rebotar al instante tras un golpe -como una bola de goma que es constantemente tirada contra una pared-, afianzado en su criterios, quasi inamovibles a pesar de su corta edad, y con una filosofía vital de moral laxa y dudosa ideología.

Inconstante, atemporal, resiliente de vocación. Dicotómico y oxímoron de la realidad. Con más defectos que virtudes, con vicios aceptados que conllevan un desgaste emocional casi irreparable y con más palabras que momentos vividos.

El imperfecto idiota, el excelente alumno fracasado en las lecciones laborales, el destrozado órgano vital que pisotea a placer a los demás. Mente perdida e insómnica, que se refugia en Early Gray y gelatina a las 4 de la mañana. Cuerpo hiératico que golpea con fuerza tras una estúpida pesadilla.

Encantador de calles abandonadas, creyente de serendipia e hilo rojo del destino, practicante de sentadas en museos y sesiones de cine en soledad. Buscador de desayunos a las tres de la tarde, encargado profesional de emocionarse como pasajero en una moto y de gritar si ve un roedor.

Tenía gusto por el amor sin espinas, pero se encargaba de pegárselas a cada pensamiento que salía de su mente, no quería dejar nada al azar – odiaba las malas interpretaciones de sí mismo. 

Lloraba con canciones de estilos heterogéneos, usaba pluma y cursiva y le gustaba viajar sin rumbo fijo, enfrentándose así a peligros inútiles que se convertían en un capítulo más de su anecdotario.

Y conociéndose como se conocía, atrapó su rostro entre sus manos y le besó.