Mucho se debate en los cafés y las redes sociales sobre el color original de la Giralda. Que si bermellón Alhambra o terroso albero. Pero quién de verdad siente algo por ella poco le importa su color, ya que saben que este es cuestión de la mirada. Si no, pregúntenle a Amalio, que la pintó 365 veces y le puso un piso. 

Sevilla Giralda Pintor Amalio
Imágenes propiedad de la Fundación Pintor Amalio

La prensa repite sin descanso el mismo titular desde esta mañana; aleluya que rompe la monotonía acostumbrada sobre mohínes observados en personajes regios o los pruritos de los poderosos.  Mi apresurado desayuno asiste al eco que anuncia en uno u otro lugar de las páginas que hojeo, pasando con mis dedos letras de tinta o caracteres luminosos, que la Giralda, la heterodoxa torre catedralicia, fue en otro tiempo colorada. ¡Su color era el rojo!

Sevilla Giralda Pintor Amalio
Imágenes propiedad de la Fundación Pintor Amalio

El color es una cuestión de mirada

Los restauradores de “aquella giganta” –como la llamó Miguel de Cervantes– han sacado a la luz un tono entre arrebol y bermellón limpiando las infinitas capas de roña, tiempo, encanto y rancias tradiciones acumuladas sobre sus paredes externas. Y como la pólvora, la buena nueva ha corrido por todos los mentideros cibernéticos que se precien, trasuntos contemporáneos de los patios de vecinos o de los corrillos donde se despelleja y asa a fuego lento toda la actualidad.

Y es una suerte, porque así las calles se quedan disponibles para que los paseantes campen con la imaginación a sus anchas, cuando se apura el café y se retoman los andares, haciendo el silencio al cierre de papeles o pantallas.

Deambular por la ciudad con el pensamiento libre: un placer encantador que tiende a perderse. Los pasos del caminante por el empedrado traen a la memoria la letrilla de aquella popular sevillana: “Giralda, dorao velero… el color de mi Sevilla”… Pero qué presunción tan grande la de quienes pretendieron encerrar el cuerpo del mundo en mustias postales y tétricas tradiciones.

Como si acaso fuera posible… ¿No reconoce aquella misma letrilla que la Giralda es de “cuerpo moreno” a pesar de todo? Y sin embargo roja era, bajo el manto del tiempo, bien vistoso mamotreto, mezcla imposible de estilos, cambiante según la luz del día en cada una de sus horas.

Ahora que lo pienso: colorao se aprecia el cubo del primer cuerpo de la torre, asomando por encima del caserío, en la pintura atribuida a Alonso Sánchez Coello, ¿no es así? Aquella famosa que describe la llegada de la flota de las indias por el Guadalquivir, en una alejada y bien compuesta panorámica de la ciudad.

El ingenioso Cervantes también debió ser testigo de esa color bermeja, quizás algo desvaída en su siglo, con ojos irónicos de narrador. Y aunque nada menciona en sus escritos sobre la tonalidad de la mole, sí advierte de que “sin mudarse de un lugar, es la más movible y voltaria mujer del mundo” (Cap. XIII, parte 2 de El Quijote).

Como es cierto que el alcalaíno se refiere en este pasaje a la veleta y no a la torre al completo, los más doctos tendrán que disculpar el exceso interpretativo que quiero proponer: si don Quijote y el Caballero de la Selva creían ver a una giganta en vez de un campanario, no será tanto el yerro de este paseante caprichoso en comparación con los delirios de aquellos dos jinetes.

Aunque a decir verdad, tan mudable es el color a la vista de unos ojos cualquiera, y depende de tantos matices de luces, fenómenos atmosféricos y cambios estacionales, que empieza uno a sospechar si no estará perdiendo facultades o hasta el mismo juicio, como los personajes cervantinos.

Huyendo de este inquietante pensamiento a través las callejuelas del barrio de Santa Cruz, cruzando entre los cuerpos pegados a mapas e itinerarios prefijados –la cartografía ha sustituido al territorio, definitivamente–, se llega a una graciosa plaza, donde la fronda resiste a las escenografías efímeras creadas por y para el turismo.

Plaza de Doña Elvira, 7

La umbría de los jardines ofrece refugio al paseante; y al fondo, recuerda quien pasea, que se encuentra la solución del enigma, el antídoto del veneno, el contrahechizo del maleficio. En el número 7 de la Plaza de Doña Elvira –que así se llama el ameno asiento–, donde actualmente se puede visitar un museo dedicado a su nombre, el pintor y poeta Amalio compró una finca en la que instaló su taller; también con el propósito nada reprobable de “ponerle una casa a la Giralda para hacerla suya”, según me dijeron sus hijos y anuncia el azulejo con ese mismo texto traducido a tres lenguas –hispánica, árabe y hebrea– que se encuentra a la puerta.

Sevilla Giralda Pintor Amalio
Imágenes propiedad de la Fundación Pintor Amalio

Desde allí y desde otra multitud de perspectivas donde robaba perfiles e impresiones, Amalio pintó todo tipo de Giraldas: diurnas, nocturnas, de invierno, de verano, expresionistas, puntillistas, surrealistas, cubistas, hiperrealistas… Quería el pintor tener cerca a la “tvrris fortissima” para mirarla cada vez que lo deseara. Y a ella le dedicó tantas pinceladas como líneas en hasta en tres libros: Alquibia (1983, serie Torre de Plata de la editorial Gallo de Vidrio), presentado por cierto en el interior del propio cuerpo de campanas de “la giganta”; La Giralda. 800 años de Historia de Arte y Leyenda (1988, Editoriales Andaluzas Unidas) y Cuentos y leyendas de La Giralda (1991, Editorial Don Quijote).

Sevilla Giralda Pintor Amalio
Imágenes propiedad de la Fundación Pintor Amalio

Pero sobre todo están los cuadros, las 365 Giraldas, esas incontables pinturas que reproducen, destruyen, reconstruyen o transfiguran la torre a placer; la desacralizan y la tornan en materia poética más viva que un cuerpo siempre inasible, inalcanzable, cuya visión recuerda todo lo que somos y lo poco que podemos hacer o llegar a ser: tan solo unos ojos enamorados que miran y unos pies que caminan erráticos, en el mejor de los casos.

Porque los colores se mudan, los vientos cambian, las tradiciones se desintegran agotadas por su propia inconsistencia, las culturas se descomponen a tumba abierta bajo el sol… “Ars longa, vita brevis”. Rezan –y así lo repito yo al final de mi paseo como si de una letanía se tratase– las palabras que acompañan lo que hasta nosotros ha llegado de la fascinación pagana de un pintor por una torre:

“la Giralda es de quien la contempla. Es una generosa dama que constantemente se da sin ensayar ninguna resistencia. Ahí está, donosa y bella, esplendente y señorial, grácil y honesta, ligera y firme, testigo de la ciudad y de la Historia”.

Pies de foto:

365 Giraldas (Fundación Amalio).

Vista de Sevilla y del río Guadalquivir. Atribuido a Alonso Sánchez Coello. Óleo sobre lienzo, 150×300 cm. En depósito actualmente en el Museo de América, Madrid).