Para celebrar el cumpleaños de Francisco Ayala nos hemos dispuesto recordarle a través de alguna de sus obras, del azar de la Cuesta de Moyano y de irreverentes imágenes lluviosas que asaltan a los transeúntes de la capital. 

francisco ayala

El 112 no es un número que diga gran cosa. Psché. Ni siquiera es una cifra redonda, con nombres equivalentes que permitan afilar la pomposidad de cualquier retórica, echando mano de palabros tan altisonantes como “lustro”, “década” o “centuria”. Acaso la macabra pero necesaria coincidencia con el número de teléfono de emergencias no suscitara una irónica sonrisa –¡que alguien venga a rescatarnos de una maldita vez!–, podría pensar el lector que la falta de ingenio y la banalidad han terminado por domeñar mi pluma.

Si bien en el orden de la naturaleza “cada cosa engendra a su semejante” –dixit Cervantes–, no quisiera yo ahogar estas prosas mías en ociosidad: baste decir que el número 112 surge del noviazgo entre discreción y capricho, con la voluntad de engendrar, quizás, una feliz coincidencia.

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Cumpleaños de Francisco Ayala

El 16 de marzo de 2018 –el viernes pasado, si mi calendario no me traiciona– Francisco Ayala hubiera cumplido 112 años. Así se explica con razón la rareza de la cifra: ni aniversarios institucionalmente organizados, ni especiales acontecimientos de actualidad recomiendan detenerse a escribir en torno a este tema. Sin embargo, a quienes apreciamos el encanto de deambular por lugares tanto geográficos como procedentes de recónditas páginas de libros, nos aprovecha la divagación.

En la fecha señalada, la Fundación Francisco Ayala me saludaba el día –bueno, a 237 seguidores además de a mí, a decir verdad– con un tuit que reproduce una página de la novela El jardín de las delicias (1988), titulada “Un pájaro azul”. Ruego encarecidamente su lectura. Se trata de un delicioso cuento, hoy dirían algunos críticos un “micro-cuento” o “mini-cuento”, en donde la imaginación contamina a la realidad –¿o quizás era al revés?– gracias a los ojos enamorados e irónicos de un personaje típicamente “ayaliano”, quien termina por dudar hasta de su propia consistencia real.

twitter francisco ayala

¿Es nuestro universo el producto de una magia procedente de otra parte, de otros ojos?

Decidir si el mundo es imagen y representación o no, resulta un sesudo trabajo que dejaré en manos de voces expertas. En lo que a mí respecta, valga decir que este paseo por lugares y papeles versa sobre aves, puesto que El pájaro azul es también el título de una graciosa edición de pequeñas prosas dedicadas a ellas, publicada en 2006 con motivo, aquella vez sí, del centenario del autor, por entonces vivo y bien lúcido.

Las prosas de Ayala, especialmente las breves –aparte quedan las grandes novelas como El boxeador y un ángel (1929), Cazador en el alba (1930), Los usurpadores (1949), Muertes de perro (1959) o El fondo del vaso (1962), entre otras–, tienen mucho que ver con las memorias, que en su caso, y como es título de sus varios volúmenes autobiográficos, responden a tantos “recuerdos” como “olvidos”, a veces omisiones piadosas, otras mágicas transfiguraciones como las del “Pájaro azul”.

Conferencia de Francisco Ayala en el auditórium del Banco de Granada. 2 de febrero de 1977. (Foto. Torres Molina)
Conferencia de Francisco Ayala en el auditórium del Banco de Granada. 2 de febrero de 1977. (Foto. Torres Molina)

En este caso, el vuelo nos conduce a su Granada natal, donde, según me contó una vez el profesor Antonio Sánchez Trigueros, Francisco Ayala iba con su madre de paseo hasta un palomar del barrio del Albaicín, en donde juntos daban de comer a sus habitantes. Eran esas horas tan eternas como plenas que llenan los años de la niñez… Sería ella, doña María de la Luz García-Duarte, por cierto, pintora, una de las más grandes y positivas influencias del autor, pues desde sus primeras creaciones, las imágenes han sido el centro de sus escritos, dotándolos de una consistencia muy lírica, casi pictórica o cinematográfica en el extremo.

Con las imágenes alzamos nuevamente el vuelo y llegamos hasta Madrid, la cruel y rígida capital tan distinta de las fotografías coloreadas que el niño Ayala había hojeado una y otra vez en las páginas de la revista Blanco y negro –que por cierto, se imprimía a principios del siglo XX en llamativos colores pastel–, atravesando el cinturón suburbano como los soldados de Cazador en el alba, cuando en una especie de ave mecánica, aquellos arribaban a la estación de ferrocarriles de Atocha en la mencionada novela.

El hallazgo en Moyano

Por allí cerca, anteayer, casi 100 años más tarde de la mudanza de la familia Ayala-García-Duarte a la capital en busca de “un porvenir más desahogado”; y no-sé-cuantos después de la inventada escena de los soldados novelescos, paseaba yo sin rumbo, entre las librerías de la cuesta de Claudio Moyano.

cuesta moyano madrid
Cuesta de Claudio Moyano, años 90. Imagen de Crónica Norte.

Diría que igual de errante que el narrador del Quijote por entre los tenderetes del Ancaná de Toledo donde encontró, por fortuna, los cartapacios del no menos ficticio Cide Hamete Benengeli. Durante el hojeo, cayeron en mis manos el “Otro pájaro azul”, también del Jardín de las delicias, “Las alimañas”, pues en la vida como en la naturaleza, Pasolini dijo que encontramos tantos “pajarillos” como “pajarracos”, y la efigie de otro tipo de aves, más refinadas y también más fantásticas éstas: los ángeles.

Pero no criaturas cualquiera dentro de aquel género, sino unas en especial autóctonas de Roma, del ponte Sant’Angelo, al fresco de la corriente del río Tíber, y que no saben reproducirse, por lo que no tiene sentido en su caso el dilema del huevo y la gallina. Son los ángeles de Bernini.

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Ángel con corona de espina de Bernini. Foto de lafotoimaginaria.

Esa mañana en que me dejo engañar los sentidos por entre las páginas encontradas en los tenderetes, cae una fuerte lluvia sobre la cuesta de Claudio Moyano. Unida al fresco que procede del vecino jardín botánico, junto al ulular misterioso de todo tipo de bichos con alas alarmados por la tempestad que mueve las frondosas ramas de sus hogares, esa lluvia me parece agradable al ver las amarillentas estampas de los ángeles de Bernini en las fotografías que acompañan a los textos del Jardín de las delicias.

Ángeles para sonreírnos, aves para alzar el vuelo y rescatarnos, sin necesidad de marcar el 112. Criaturas que no existen, y sin embargo, en aquel instante lluvioso bajo un paraguas y ante el olor a humedad que confunde el perfume de la tierra mojada con el hedor de las páginas pobladas de hongos de las librerías, uno duda de si, tal vez, no son ellos más reales que nosotros, ya que desde que Bernini terminó de pulirlos, han visto pasar a tantos anónimos viajeros y enamorados, una y otra vez, por el puente romano, como en un eterno retorno…

Ahora que ese ángel me mira y me sonríe desde la fotografía, también pienso si no soy yo más frágil y efímero, como un pájaro azul, como el mismo Ayala, producto de la imaginación que a ellos concedió Bernini con su cincel al dar pétrea consistencia a sus ojos.

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