Gracias a un necio he recordado esta mañana mi antaño. Ya entiendes, nexos inconexos.  

Antaño..

Hermosa palabras, dónde las haya. Es una mañana cualquiera, me vuelvo a quedar dormida y sueño. Quiero terminar lo que est6aba soñando. ¿Que era? No , no es un sueño es un viejo recuerdo que ronda mi cabeza. 

Una mañana de domingo, de hace al menos unos 10 años.

Como todos los domingos, ella sube gritando. Cómo no, otra vez remoloneando.

– Ainss… No tengo ganas de levantarme temprano… ¡¡¡Es domingo!!

– Tu padre está apunto de llegar de tomar café. No querrás que te regañe, ¿verdad?

-No.

Me levanto de la cama, y en la otra cama, mi hermana se viste. Me ha preparado la ropa. Siempre tan protectora. Me anima a que me de prisa, no quiere que me regañe más.

Me viste lo más rápido que el sueño y mi pereza me dejan. Bajo a la cocina grande, con los ojos pegados y la cara sin lavar. Me esperabana para desayunar, mi hermano, ni cuñada, mi padre y mi madre…

Me tomo la leche blanca con dos cucharadas de azúcar que ella me ha preparado, y me como dos churros que ella ha preparado para mí. Por la ventana un rayo de sol me ciega. Son las 10. Soleado.


Recogemos, y nos disponemos a terminar de preparar las neveras. Nos vamos al cortijo. Oigo que me dan órdenes por todas partes. Yo me dedico a coger mi discman, mi libro, una libreta, un estuche, y unas barbies. Pienso también en jugar alas peluqueras con mi cuñada, echo las gomillas y el peine. 

Nos montamos todos en el Isuzu, cómo no, me toca ir en la parte de atrás, el sexto y séptimo asiento del coche. No me importa, diría que me agrada, protesto por divertirme. 

El camino es tortuoso, varios baches nos divierten, la música que bailamos también, aún suena en mi cabeza “Gota fría” de Julio Iglesias, Mojinos Escozíos, mi hermana pone Medina Azahara, y luego mi padre la Niña de los Peines. Faltan 5 munitos para llegar y ella pone Ecos del Rocío. La canción del abuelo. Ese era su sueño, ser abuela. Pronto lo sería, solo tres años más. 

Por fin llegamos, el primero del salir del coche es Daltacan, que iba delante con ella. Corre, brinca, salta. Órdenes de nuevo, descargamos todo y nos disponemos a ponerlo todo en su sitio, dentro de la casa.

Cómo es de costumbre, me escabullo. Recogo mi pequeña mochila, la pongo en la cuadrilla y me voy a saltar de tajo en tajo. 

La oigo chillar desde lejos, me río. Me he vuelto a librar. Voy cantando una canción o hablando sola. Recogo lirios aquí, espárragos allí, entre aquellas piedras té de las mismas. Me siento un rato a que me de el sol. Creo ver una cabra montés. 

Y de repente, Daltacan me avasalla. Saltamos juntos de piedra en piedra. Vuelvo a las piedras planas, a recoger todo lo que había conseguido.

Llego a casa, el ramo de lirios para ella, el té para ponerlo a secar, y los espárragos para las sopas. Ya casi está listas, solo faltaban mis espárragos. 

Son las 2. 

Preparamos la mesa, ensalada de agua y sopa de espárragos. De postre, naranjas. 

Aún viene a mi paladar ese sabor que conseguía darle a todo lo que preparaba. 

Charlamos con la comida en la boca, nos tiramos miguitas de pan, cambio de sitio doce veces, porque mi hermano me hace cosquillas. 

Acabo comiendo naranjas sentadas en el escalón de la puerta. Un gajo para mi, otro para Daltacan. 

Me voy corriendo, al pradito. Me tiendo, juego con mis muñecas,tomo el sol.

Oigo voces a lo lejos, es mi hermana, que me vaya dónde estaba ella. 

Paso horas oyéndola, que si el novio, que si los vestidos de la boda de mi hermano, que si el vestido de comunión, que si las fotos, que si su ropa, que si hoy no hemos ido a misa, etc.

Oímos el claxon del coche. Nos vamos al cortijo. Son las 6. ¿Cómo ha pasado el tiempo tan rápido? Vamos a recoger los huevos de las gallinas, mi hermano me presta la paralela, jugamos al tiro al plato. Mi madre les regaña, ni me he puesto los cascos ni la hombrera. 

– Diez tiros más mamá. Por fis, si no el Kiko no me va a dejar ir con él de cacería. 

Su cara es un no, pero dice si. 

Me entretengo dándole a una lata que coloca encima de una piedra. 

Me duelen los brazos, me voy a casa.

Está preparando la merienda, mi hermano asa un chorizo a la candela, ella me prepara otro para mi.

Son las 7, no las 8 menos algo. Comenzamos a recoger y limpiar. La tarde cae, y me encanta ver como el cielo se pone de mil tonalidades dentro del amarillo, rojo, rosa, coral ,etc.


Todo recogido, lo montamos en el coche, encierra a las gallinas, llama al perro, recoge tus cosas de la cuadrilla, y de nuevo vuelvo a ir en los asientos traseros. Pegando cabezadas. 

Siento que hemos llegado a Ardales. Me hago la dormida, no tengo ganas de subir las escaleras de la cochera. Mi hermano, siempre tan bonachón, me recoge y me sube al sofá. Hago como que me despierto y me veo la cocina. Lo conseguí un domingo más.

Mi madre me mira, estoy llenita de polvo, las manos negras, los coloretes muy rojitos, quemados, y el pelo enreado y con flores mustias. 

Toca bañarse. El agua calentita hace que el cuarto de baño se llene de vapor. Ella, sentada en una silla me pregunta por lo que he hecho mientras andaba por esos tajos, y me cuenta las cosas que han hecho en la casa. 

Me lava el pelo, ese pelo que me llegue a la cadera, y que se enreda como un condenado. La crema verde y el peine, y tras dos horas salimos del cuarto de baño. Mi padre ha encendido la candela, mi hermana me ha traído el pijama, mi hermano y mi cuñada ya se han ido a Coín. Me arrechucha en su sillón y me  voy secando. Me pongo mi pijama sin salir de debajo del brasero. Cuando ya estoy vestida, tiende la mantilla en el suelo, frente a la candela y me seca el pelo con el secador. 

Ya está listo, son las 10. Me hace una trenza de esas bonitas, y me pone un vaso de leche calentita con mis dos cucharadas de azúcar. Me lo tomo. 

Mi cara desprende mucha felicidad, tengo los coloretes más rojos del mundo. Miro hacia el sofá, mi padre todavía no se ha duchado, mañana se levanta a las 5  y está frito. Mi hermana se está duchando, mañana trabaja. Me tiendo en el sofá, pongo la cabeza en las piernas de mi padre. 

– Felices sueños, Carmen.

– Gracias, mamá.