Tjalf Sparnaay, artista neerlandés, nos sorprende y nos invade con su pintura y su fotografía. Quedémonos con lo primero y con su parecido con lo segundo. El hiperrealismo de Sparnaay se centra en bodegones actuales con fast food y flores. 

Tjalf Sparnaay
Tjalf Sparnaay junto a uno de sus obras. © www.tjalfsparnaay.nl

Este artista autodidacta nació en 1956. En el 87 decidió conocerse a sí mismo y encontrar su método, su forma, su camino. Aunque el hiperrealismo no fue el primer movimiento que abrazó, ahora mismo se encuentra inmerso en él, y de una manera especial, de gran formato, gigante y fotográfico.

Su obra se exhibe en Nueva York, en Miami, en Bélgica, en Canadá, en Austria, en Londres, en San Francisco y en un montón de ciudades más. Ha participado en más de 80 exposiciones grupales y en 14 exposiciones individuales, entre ellas tres en Nueva York.

Su afán es plasmar lo no plasmado, como el fast food o las canicas. Aunque no se aleja del costumbrismo, de lo cotidiano, como buen pintor flamenco. Esa herencia también puede hallarse en los detalles (imprescindibles y fundamentales en el hiperrealismo). Y aunque las comparativas son odiosas, lo llaman el Ron Mueck de la pintura, ya que reúne las características de este escultor en otro medio.

Ha conseguido devolverle la iconicidad a elementos comunes como ya lo hiciera Velazquez con la vieja friendo huevos o —sin irnos tan lejos— Warhol con la lata de sopa de tomate. Tjalf Sparnaay mira lo cotidiano actual con ojos de esencia, de devolverle a lo básico su puesto de imprescindible en la vida.

“Mis pinturas están destinadas a permitir al espectador volver a experimentar la realidad, a redescubrir la esencia del objeto que se ha vuelto tan común. Quiero reducirlo al ADN de la estructura universal, en toda su belleza”

Su pintura le ha llevado a exponer es la galería Louis K. Meisel de Nueva York, desde dónde se inició el movimiento al que él pertenece en la década de los 60. Podría decirse que se codea con los artistas más representativos del hiperrealismo y del fotorrealismo, de ayer y de hoy.

Nuestras 5 obras favoritas

5. Petit Four. El postre.

Empecemos por el postre. Un bizcocho, pastel de varias capas con crema por encima, nata, guinda y onza de chocolate. Se nos hace la boca agua a tamaño foto clásica, no os quiero contar cuando el cuadro te invade espacialmente.

tjalf sparnaay
© www.tjalfsparnaay.nl

4. La lata de Coca Cola pisoteada

La lata Campbell del siglo XXI. Compartiendo con el icono su color y su forma cilíndrica, aunque en este caso, ha perdido todo su interior y se ha convertido en una forma de advertir el deshecho. Hasta las grandes marcas pueden ser pisoteadas, aplastadas, deformadas, pero no destruidas.

Una obra técnicamente muy purista, ya que cada arista de lata doblada está perfectamente pintada, con su luz y sus sombras. Cuesta creer que no es una fotografía de producto, de insípido fondo de caja de luz.

 

 © www.tjalfsparnaay.nl
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3. Mayonesa. Condimentos. 

El bote de Ketchup (siempre) medio lleno. Pimenta, sal y mayonesa. Hecha en casa, de color amarillento y de aspecto cremoso. De las de verdad. ¿Tenemos patatas fritas? Pues… ¡a mojar!

PD: fíjense en la textura del cristal y en esa pequeña porción de mayonesa que ha quedado al borde del cuenco.

 © www.tjalfsparnaay.nl
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2. La Cindy 

¿Quién no tuvo una Cindy? Recuerdo, de pequeña, cada vez que acompañaba a mi madre a un bazar —los llamábamos una tienda de  ’20 duros’— y me empeñaba en que me comprara un juguete, juguetes en sus plásticos y cartón colocados estratégicamente a mi altura por el tendero. Una vez al mes siempre picaba, chantaje emocional infantil, todo lo conocemos. Y mi premio era una Cindy, con su ropa intercambiable, su pelo irsuto y su plástico muy blando, tanto, que si doblabas codos o muñecas aparecía una línea blanca que avisaba que habías llegado al límite con la pobre muñeca.

Eso provoca el hiperrealismo de  Tjalf Sparnaay, puede traerte a la memoria pequeños episodios de tu vida que por cotidianos quizás hayan acabado en lo más remoto de tus recuerdos. Aún noto el tácto suave y deslizante de la muñeca, el olor a plástico del malo o la sensación placentera de cortarle “las puntas”.

 © www.tjalfsparnaay.nl
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1. La majestuosidad de la verdad de un huevo frito. 

Miren con detenimiento. La yema ha quedado perfecta, un fino velo cubre el placer dorado atardecer y permanece impasible, a al espera del ciclón del pan que lo rompa. La clara hecha, como nos gusta, con alguna burbuja, de color níveo y de textura consistente. Y el cúlmen, la ambrosía, lo más top: el encaje. Ese filo dorado barroco, el irresistible perfil, el comprobante de un huevo frito bien hecho.

Díganme que no sí quieren, pero esta obra aúna colores y detalles de la pintura flamenca y la visión y técnica del siglo XXI. Ojalá tenerlo a tamaño gigante, ocupando una pared completa de mi cocina.

PD: le falta una pizca de sal en el corazón de la yema y quizás algún ajito dorado a su alrededor.

 © www.tjalfsparnaay.nl
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“Al usar objetos triviales y cotidianos, dejo que esta realidad casi olvidada fluya nuevamente desde mi pincel”

¿Cómo trabaja Tjalf Sparnaay? 

Su herencia flamenca relacionada con Vermeer o Rembrandt es palpable en cualquiera de sus obras, no solo por el detalle, también por el uso del color y la iluminación. La temática, aunque a mucho tiempo de distancia, siguen siendo bodegones, naturalezas muertas, pero contemporáneas, actuales, irreverentes, icónicas.