Los pequeños respiraderos de la persiana le habían ayudado a no procrastinar el levantarse de la cama. Hacía escasa media hora que estaba sola, aunque ella no sentía tal sensación: estaba en su espacio, por lo que la presencia de él estaba por todas partes.

Aún no había decidido si ir a desayunar o ponerse frente a la inerte pantalla un día más, cuando el móvil comenzó a sonar sin consuelo. La recorrió una extraña sensación, él estaba ahí – en todas partes- pero también al otro lado de la línea. Se miró al espejo, ‘qué cara de felicidad llevas puesta, chavala’ (se dijo para sí).

A través de las interferencias telefónicas, notaba las ansias y los nervios en su voz y clamaba a los dioses paganos para que él no notara la ilusión en la suya, sería regalarle mucho más de lo que ella se daba así misma.

Aquella mañana descubrió que otros a su lado no eran más que descerebrados sin corazón, zombis zumbantes en noches de veranos, hijos desheredados que buscan señoritas de palacio.

Las horas pasaban y no pasaba ni un minuto sin conexión, atenciones sin límites, palabras, presentaciones improvisadas, trueques en segundos.

‘Baja 5 minutos, quiero verte’. Un vestido de lunares, un poco de volumen en el pelo y unos labios rojos. Paso al frente y decidido, ancla flotante en el paraíso. Paso al frente, mirada pícara a través de la gorra, sonrisa a media asta: blanco, azul, mar, sal.

Una emoción inconcebible me recorre, mis piernas no soportan el peso de mi cuerpo, me siento desfallecer… justo, él me sujeta entre sus brazos, el blanco impoluto se enfrenta a la miel de su piel.

Sus palabras retumban en mi cabeza ¿Qué me pasa? Me dejo caer el mechón de pelo a la cara, así es más sencillo que no sepa qué me pasa. Algo acaba de atravesar mi corazón, una lanzada, una sonrisa de complicidad, una mirada descuidada, los colores de su cara.

Tú no tiemblas de emoción por nada. Pero llegó él e implantó la dictadura de sonrisas, el brillo perenne de pupilas y el resplandor de la felicidad en la piel.

Las manos me tiemblan, no atino a abrir la puerta, caen las llaves al suelo: estrépito de metal contra el viento. Tú no tiemblas de emoción por nada – eso díselo ahora a tu cuerpo. Un beso, no, notará que te tiemblan los adentros, notará que ha tocado tu alma, sabrá que tiene tu esencia, que eres el más puro tú.

Corres escaleras arriba, sabiendo que él camina con la cabeza alta y la satisfacción en su pecho. Las lágrimas desestresan el blanco, no es real. No es real. Se evaporan mis palabras. Ahora sé que atemoriza a mis miedos, que no conoce los límites del tiempo.

Y se fundió con la sal y los pecios. Se bañó desnuda con un manto de cieno. Luchó por salir ilesa de aquella batalla de cuentos. Aparentó no oír a los necios. Abandonó su mundo cancilleresco.